miércoles, 21 de septiembre de 2011

TEMPRANILLO



Hay días carentes de emoción
y otros tantos llenos de pecado
todos nacen de una canción
o quizás de algo inesperado.

Hay vidas carentes de amor
y unas cuantas amadas de más
¿es posible acaso amar de más?
o es sólo frío maquillado de calor.

La ignorancia es a los sueños de saber
como el dogma es a la fé
un silencio extenso, una pausa, yo no sé,
algo que quita brillo al más querer.


martes, 20 de septiembre de 2011

Las decisiones que tomamos


El día de ayer salí de trabajar ligeramente tarde y fui a casa. Yo sabía que mi esposa no estaba, pues ella sale de trabajar un poco más tarde que yo, por lo que tenía dos opciones, o me sentaba a descansar un rato, ver televisión, revisar mi facebook, escribir un poco, o me acordaba que tengo un hogar de dos que requiere el cuidado de dos y avanzaba las cosas de la casa antes que ella llegue a hacerlas sola. Opté por lo segundo, opción que últimamente decido tomar pues me di cuenta que donde viven dos, comen dos, disfrutan dos, pues también barren, lavan, secan, sirven, cocinan y ordenan DOS. Me sentí bien, incluso busqué que más hacer una vez concluido lo “básico” de la lista. Calculé además bien el tiempo, pues mi esposa llegó casi cuando había terminado así que nos dio tiempo de cenar juntos y conversar sobre nuestro día. Si hubiera optado por lo primero me sentiría más descansado y ella hubiera llegado a hacer todo lo que yo hice sin reprocharme nada, pero la cena juntos se hubiera perdido y la oportunidad de compartir también.

Cerca de las 10pm teníamos que decidir si irnos a descansar o ver una película que nos lleve hasta medianoche y por ende, nos robe sueño para el trabajo de hoy. Insistí, la verdad que bastante, y optamos por ver la película, paradójicamente una película sobre decisiones. Aunque ya en este punto empiezo a sentir que todo es decisiones. Decidimos entre tres “finalistas” y nos sentamos a ver “UN SUEÑO POSIBLE” con Sandra Bullock, película que le valió un Oscar que, luego de verla, debo decir lo tiene muy merecido. Para resumir y sin malograrle el interés a quienes no la vieron aun, trata sobre la decisión de una mujer que lo tiene todo de complicar su vida, su seguridad, su círculo íntimo y social y a su familia por la necesidad de ser ella misma, de no escapar de su esencia y apostar por quien nadie nunca ha apostado simplemente porque es lo correcto y porque ve en una necesidad ajena, una necesidad propia. Ella decide complicarse y eso la hace feliz, la hace sonreir, la hace sentirse bien, por más que pase lo que pase, que las cosas salgan bien o mal, que la consecuencia sea la que sea, su corazón sonríe y es feliz porque siente que es consecuente consigo misma al hacer lo que hace. Tiene el apoyo de su familia, que no se lo daría si no fuera un matrimonio sólido de dos que saben quiénes son y porqué están juntos y unos hijos que se formaron en ese matrimonio. Decidir complicarse cuando lo tienes todo me hace pensar que vivir complicado cuando empiezas a querer tener algo no es tan mala idea. Mi esposa y yo vimos mucho de nosotros en esa pareja, fue gratificante y una buena decisión sacrificar sueño por verla.

Las decisiones que tomamos nos llevan a la vida que tenemos, somos consecuencia de ellas y por más que algunas veces nos arrepentimos no podemos cambiarlas, solo tratar de cambiar sus consecuencias en el camino. Yo debo haber tomado más de una tonelada de decisiones equivocadas en mi vida, pero algunas buenas decisiones que tomé le permiten a mi corazón sonreir. Decidí cuando tuve edad para trabajar y pudiendo ganar bien creyéndome joven para siempre, estudiar y terminar con mucho esfuerzo mi carrera profesional. Decidí, cuando los caminos profesionales estaban pavimentados para mí de buenas oportunidades, apostar por mis iniciativas de negocio, de independencia, de emprendimiento. Es quizás en esta etapa donde cometí muchos errores pero de ellos aprendí y, paradójicamente, esa necesidad de huir de lo convencional fue lo que me formó y me permite hoy hacer lo que hago. Decidí, cuando más de un doctor decía que no había nada que hacer por mí, vivir y superar lo aparentemente insuperable. Decidí, cuando lo lógico era evitar problemas y seguir mi camino, apostar por lo que creí ver en el fondo de unos ojos iguales a los míos y luchar con uñas y dientes por el amor de mi vida, luchar contra todo y todos, contra el mundo, la gente, la familia, yo mismo y muchas veces contra ella incluso por esa certeza que me dictó el corazón. Hoy es mi esposa y con todo lo bueno y malo del día a día, tomé la mejor decisión de todas y no me arrepiento ni por un segundo cuando miro atrás y recuerdo por todo lo que tuvimos que pasar para estar aquí, complicándonos la vida con nuestras decisiones. Decidí luego de mucho tiempo vivir en paz con quienes me aman y me lo demuestran a su manera, como mi madre o mi abuela, con quienes puedo discrepar mil veces pero desde siempre y para siempre son las referentes más importantes de mi vida y doy todo por ellas todos los días. Decidí poner mi vida en orden, en paz, en balance.

Somos lo que decidimos, pero muchas veces olvidamos que también hay otras personas en el mundo que están tomando decisiones y muchas veces olvidamos que esas personas están decidiendo pensando en nosotros, así que cuando tomemos decisiones, que sea para no defraudar a quienes deciden apoyarnos pese a todo, estar con nosotros siempre y vivir la vida a través de nuestras decisiones.

lunes, 19 de septiembre de 2011

PROHIBIDO

Eclipse total
planeta perdido
momento inmortal
hermoso y prohibido.

Dos sueños distintos
un mismo camino
dos cuerpos unidos
por azar del destino.

Sensación de vacío
de falta de aire
un calor que da frío
suavidad y donaire.

Algo íntimo y privado
solo dos lo experimentan
todo queda despoblado
solamente ellos cuentan.

Es la fuerza de atracción
que clava su estocada
cuando sin franca intención
cruzamos la mirada...

miércoles, 17 de agosto de 2011

ARTE MUERTE (1992)

Recuerdo claramente el momento, era mi primer ciclo en la universidad y estaba en clase de Lengua Española I, sentado en una carpeta cerca a la ventana. Soñador que no se sienta en la ventana no es soñador. Busqué una hoja casi del final de mi cuaderno de cinco colores, recuerdo que fue el amarillo, y ahí lo escribí. Era 1992 y yo, un muchacho apenas, sentía que con el tiempo las cosas podrían cambiar en el mundo, así que lancé un clamor al viento en mi papel para pedir que reflexionemos, más aun siendo un amante de los animales como de hecho lo sigo siendo. Han pasado casi 20 años, nada ha cambiado. Este 06 de noviembre empieza la mal llamada “Feria Taurina del Señor de los Milagros 2011” y en honor a ello, aquí les dejo mi sentir.
ARTE MUERTE
Y es que realmente
torero eres valiente,
pues coraje es necesario
para ser tan temerario.

Si está claro que es un arte
pues es bello ver la muerte
ya vez que de poesía tiene parte
y gozarlo es una suerte.

Acaso te crees un artista
provocando a un animal
o solo un masoquista
pues puede ser mortal.

Pero casi nunca es así
mas debiera serlo,
que el toro te mate a ti
a ver si alguien quiere verlo.

El hombre cree que es bello
el sufrimiento que no es propio
y por eso pone empeño
mas solo es otro tipo de opio.

Bonita manera de ser racional
la del ser humano,
solo es otro animal
con cerebro puesto en vano.

¡Ya basta con la violencia!
que odio hay bastante
usemos la inteligencia
para salir triunfantes.

Ni toros, cacería o gallos
la vida no es para diversión,
que si los seres no son humanos
también tienen corazón.

La vida en la hoguera

sábado, 13 de agosto de 2011

TRISTITIA (Abraham Valdelomar - 1916)

Sirvan estas breves líneas de homenaje a quien es mi inspiración en el mundo de las letras y del pensamiento coloquial. Sirvan para recordarme que todo empezó con Valdelomar, con mi abuela y un libro en su mesa de noche, con un Caballero llamado Carmelo y una madre triste. Con una alegría que preferí no aprender y un poema que será siempre mi favorito, porque mi abuela me lo enseñó, porque Valdelomar lo escribió y porque entre los tres lo recitamos siempre que necesitamos recordar que tenemos una conexión eterna. Gracias mamama, gracias maestro, gracias vida.

TRISTITIA (Abraham Valdelomar - 1916)

Mi infancia que fue dulce, serena, triste y sola
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor con que muere una ola
y el tañar doloroso de una vieja campana.

Dábame el mar la nota de su melancolía;
el cielo, la serena quietud de su belleza,
los besos de mi madre una dulce alegría
y la muerte del sol una vaga tristeza.

En la mañana azul, al despertar,
sentía el canto de las olas como una melodía
y luego el soplo denso, perfumado del mar.

Y lo que él me dijera, aún en mi alma persiste;
mi padre era callado y mi madre era triste
y la alegría nadie me la supo enseñar...

Abraham Valdelomar (1888-1919)


jueves, 11 de agosto de 2011

Raíces de orgullo – Día 4 (Final)

Llegamos a Lima el domingo 31 de noche y luego de casi dos horas de interminable cola en el terminal de Chincha. Decidimos no ir hasta la estación en la Av. México y bajarnos en el paradero del puente Benavides, cosa que de por sí ya me estresaba bastante. De noche en medio de la carretera con las maletas no era mi ideal de llegada. La cosa se puso más de escena de acción porque la película del bus (que no pudimos terminar de ver) era Transformes 2 y ya estaba casi al final en plenos bombardeos, disparos y explosiones. Casi nos sentíamos dentro. Bajamos, rescatamos las maletas de la bodega del bus y empezamos a caminar, cada vez más rápido hasta que se rompió la pata de una maleta, hacia las escaleras. Luego hacia la URP. Finalmente, a tomar el taxi, respirar con alivio y volver a casa.
Todo lo que pasó desde que bajamos del bus hasta que llegamos a casa fue digno de “El Fugitivo”, “Indiana Jones” o “McGyver”. Estresante, riesgoso, complicado. Sin embargo entonces, ¿por qué no parábamos de reir? ¿Por qué todo fue tan divertido? ¿Por qué parecía que nada malo podría pasar ni nada molestarnos? ¿Por qué todo era perfecto?
Ese día nos levantamos temprano, con la sensación de día corto. A más tardar a las 4pm ya queríamos abordar el bus para llegar de día y teníamos la tarea más difícil y a la vez importante por delante: Encontrar a la familia, mis raíces.
Mi abuela me había dicho que vivió en el Jr. El Carmen y ya días antes lo habíamos encontrado. Una pequeña callecita paralela a la Plaza, a espaldas de la Municipalidad. Sencilla, pintoresca y tan parecida a las demás que no tendría nada de diferente, solo que en la cuadra uno vivieron las personas más importantes de mi vida, a las que les debo quién soy. En esa callecita sencilla, pintoresca y tan parecida a las demás vivieron mis abuelos, iniciaron mi familia como la conozco. Vivió mi madre y mi Tata desde que nacieron. En esa callecita sencilla, pintoresca y tan parecida a las demás viví yo sin existir y hoy volvía a caminar sus pasos. La emoción que sentí me excedió y las lágrimas asomaron pero a los pocos segundos pensé “¿y ahora?” considerando que más que la cuadra uno no sabía y quizás ahí terminaría mi búsqueda.
Tomé unas fotos y filmé un poco. ¿Qué más podía hacer? Y noté que a menos de media cuadra había un hotelito sencillo, simpático, donde una señora de cerca de 60 años barría la entrada y conversaba con los transeúntes conocidos. Decidí acercarme a tratar de explicarle y a ver qué pasa. La sonrisa y amabilidad de la señora se pusieron de manifiesto y me dijo “uy papito yo no soy tan antigua pero… a ver…” y empezó a cerrar su negocio desde fuera. “Mi amiga que vive acá a media cuadra debe saber, es la mayor por acá y si alguien sabe, es ella”. El corazón, ese viejo amigo del que mi esposa es dueña y señora, empezó a latir más rápido, como ganándole a mis pasos, como queriendo llegar antes que yo.
Desayuno en LORENA
La Sra. Cristina estaba en casa, pero aun descansaba. Muy temprano, así que como quien hace hora nos fuimos a desayunar con LORENA. La tentación de sus chicharrones fue irresistible. Lamento decir que al salir encontré la bodega Bailetti cerrada, por lo que me quedó pendiente la tarea de comprar ese pisco de dioses que probé el Día 2. No dejaba de ver el reloj. Fuimos por un poco más de encargos y recuerdos para completar el tiempo y se me ocurrió ir a conocer el viejo Estadio de Chincha. Una pena, lo derrumbaron junto con sus laureles deportivos y con sus campeones, junto con su pista atlética y con sus recuerdos. Se fueron, ojalá que en su lugar llegue uno mejor para continuar la tradición, pero un cartel a lo lejos que dice “LOS PORTALES” me hace dudar que sea así. Una pena, lo derrumbaron pero así es el progreso. Derrumba lo que debería quedar y deja lo que debería desaparecer. Es que derrumba a los pobres para que no se vean. No dejaba de ver el reloj.
Una vuelta más y volvimos. Ahora si la Sra. Cristina estaba lista para nosotros, le habían anticipado el motivo de mi visita y su euforia al abrir la puerta fue total. “No puedo creer que venga a verme el nieto de mi amiga”. Mi corazón saltó y yo caí sentado, la emoción era no tanto del encuentro, sino de lo que estaba por escuchar. Mi esposa, testigo de excepción, no disimuló una sonrisa emocionada y me tomó la mano. “Sentémonos, hay tanto que conversar hijito”.
“Dime, ¿cómo está mi amiga?” y claro, yo le conté un poco de lo que era la vida de mi abuelita por estos días, para que luego la Sra. Cristina, como es normal, hiciera un paralelo en su propia vida y razonara con nosotros sobre lo único cierto y definitivo en la vida: “la edad hijo mío, los años pasan por todos igual”. A inicios de la conversación se nos unió su hija Carmen, quien para mi fortuna tenía el hábito de ser una suerte de cronista de la Chincha antigua y conservaba fotos, recuerdos e información de la época de mis abuelos.
Entre las dos nos remontaron a una época que casi siento que viví, cuando Valdelomar aún era el referente de la zona (a la sazón tío de mi abuela), el hijo predilecto recién desaparecido. Cuando para ser campeón había que ser chinchano y todo chinchano era campeón, para vivir ahí había que saber tomar pisco, ¡qué cosa! Entre los recuerdos de la Sra. Cristina que su hija Carmen se encargaba de aclarar y las crónicas que ella misma guardaba para que su madre pintara con el color de 1940, recibí mucho más de lo que fui a buscar. Recibí además los mejores comentarios sobre mi abuelo, un caballero ilustre en Chincha Alta por esos años, parte del grupo del Club Internacional y destacado empresario de bebidas gaseosas, amigo de todos, compadre de algunos, enemigo de nadie. Los más tiernos recuerdos de mi abuela, hermosa dama ella, “periquísima tu abuelita, andaba regia siempre” me dijo. Detalles de cómo se reunían para aprender costura fina y disfrutar de las chicas corriendo por la calle, lindas niñas que luego serían bellas mujeres y mejores madres. Una de ellas la mía. Ya moría la conversación, pues la Sra. Cristina estaba cansada (aunque por ella seguiría sin tregua), con la promesa de su hija Carmen de averiguarme más sobre ellos y su vida allá, cuando la Sra. Cristina alza la vista como el flash de un recuerdo final y dice “¡pisquera como ella sola!” a lo que yo solo pude agregar de forma automática “si, hasta ahora es así”. Entonces, todos nos echemos a reir. Le di una llamada a mi abuela por el celular para que conversen un momento, un gran y emotivo momento, una mirada al pasado delante de nosotros, un guiño de ojo al tiempo que si pues, pasa para todos por igual, pero en ellas hizo una excepción, una pausa, fue para atrás un momento y nos regaló algo irrepetible. Finalmente nos despedimos con la tarea pendiente de volver, créanme que lo haremos y pronto. No todos los días te encuentras con el tiempo.
Un guiño de ojo al tiempo
El viaje continuó por unas horas más en que visitamos la bodega Naldo Navarro, resentida con el paso del tiempo pero aun con ese olor a tradición, a pisa de uva, a artesano. Yo ya no me pude sacar del corazón lo vivido con la Sra. Cristina, pero la pasamos muy rico. Compramos vinitos, cremas y macerados aquí y allá, tejas y claro, galletas de agua para la abuela. Su único encargo.
La Pileta del Vino - Naldo Navarro
Hora de irnos mi amor, hora de volver a casa. Aunque, aquí también estuvimos en casa. “Me encantó” me dijo ella. “Entonces, ¿volvemos pronto?” repliqué. “OBVIO”.
Hoy conozco un poco más a mi patria, conozco un poco más a mi familia, conozco un poco más a mi esposa. Hoy me siento un poco menos ignorante, pero mucho más CHINCHANO.


lunes, 8 de agosto de 2011

Cómo meter un tubular en una botella de vino – Día 3

Dos días han pasado y mucho hemos comido, qué duda cabe que es hora de bajar tanta gastronomía con un poco de adrenalina y naturaleza, así que decidimos que el sábado sería día para la aventura. Día para cumplir la ilusión de mi esposa, que de forma totalmente desprendida se ilusiona no por ella sino por mí, porque conozca Paracas y Ballestas, porque vea la belleza de la naturaleza, como antes yo hiciera con ella en Islas Palomino. Entonces Paracas será, para allá vamos pero, ¿cómo llegamos?
Decidimos el camino “difícil” pero resultó muy bueno y ameno. Tomamos el inefable Soyuz a Pisco y llegamos en menos de 30 minutos a un “terminal terrestre” bastante artesanal en medio de la carretera, pero oportunamente junto a la entrada a Paracas, desde donde tomamos un taxi y en menos de lo que toma pensarlo, ya estábamos en el malecón. En otro suspiro contratamos el tour y hecho, en minutos más navegaríamos a Islas Ballestas.
Aprovechamos para dar una pequeña vuelta por el boulevard, las tiendas, los recuerdos. El recuerdo más recurrente que pudimos encontrar fue el mismo en todos lados. El terremoto. Me quedó nuevamente clarísimo que no se hace nada por recuperar al menos lo que se tenía antes de tan terrible momento. Los puestos de venta son solo planchas de tripley acondicionadas para permitir la venta tipo stand, los restaurantes del fondo son algo coloridos y variopintos pero en el fondo lo mismo, prefabricados, y finalmente el boulevard del centro si está muy bien cuidado y conservado de cara al mar, pero con mirar un poquito detrás del maquillaje, se nota que tras la pared de atención al público de los restaurantes, la devastación sigue igual. Es triste. Al punto que el propio muelle público anda en permanente refacción, cubierto por un mosquitero para indicar el camino. Y pensar que cobran un impuesto por uso, el Estado debería pagarle a Paracas un impuesto por abandono. En fin, estamos para disfrutar y… ¡es hora de embarcar!
Islas Ballestas
La ruta a Ballestas es agradable, la brisa hace el efecto deseado y solo quiero cerrar los ojos y respirar hondo. Me encanta navegar. A mi esposa no, ella sufre. Sé que lo hace por mí y lo valoro mucho, sé que ella ya conoce y lo valoro más aún. Sé que no lo volverá a hacer y empiezo a valorar más el estar ahí con ella. Pasamos el Candelabro con su historia y teorías y llegamos a las islas, me recuerda mucho Palomino pero aquí se ven estructuras rocosas más impactantes y una fauna más activa. El espectáculo es de agotar rollos, es que casi provoca tomar fotos con cámara antigua y revelarlas luego con ilusión. Quedé maravillado una vez más por lo bien que la naturaleza hace las cosas sin nosotros. Dimos la vuelta y era momento de regresar. Es curioso, el cielo se está abriendo por partes y las nubes dibujan interesantes formas. Hay una que me llama mucho la atención, parece medio corazón y decido completarlo con mi mano. Debo decirles que fue muy fácil dibujarlo con los dedos, pero tarea titánica fotografiarlo, igual quedó alguna que deja entender la magia del momento, eso de tocar el cielo adquirió nuevo significado, más literal y más íntimo.
Corazón en el cielo
Finalmente tocamos puerto y volvimos a tierra. Gratísimo momento que no olvidaré, estaba encantado sin saber que quizás venía lo mejor. Un cebiche antojadizo y una conversación con José.
“José se llama y lo tengo entrenado, dos soles y le das de comer” nos dijo el pescador que andaba cerca al muelle. “De verdad, mira, ¡José! ¡Ven acá!” y efectivamente, un enorme pelícano renegó un poco y se acercó a saludar. Había algo en la relación entre ellos dos que resultaba encantador, algo que te decía “si pues, son amigos” y que me dejó prendado. “Ya regresamos José, almorzamos nosotros y te damos de comer a ti”.
Ida y vuelta por el boulevard y no encontraba donde sentarnos a almorzar, no porque no hubiera sitio, sino porque no me llamaba ninguna mesa. Al final me di cuenta que la mesa ausente debía ser nuestra, ¿cómo así? Pues resulta que en un muy concurrido restaurante llamado Bahía I noté que tenía mesas perfectamente alineadas afuera, sin embargo en la esquina había un hueco y se me antojó que ese era el lugar perfecto para sentarse. Mi esposa solo suspiró resignada, “teniendo tantas mesas en todos lados, tú te quieres sentar donde no hay mesa” y nos anclamos en ese lugar a esperar que una mesa se desocupe y ver si la quieren mover para allá. La chica que atendía en el restaurante no paraba de reir al vernos ahí parados, celosos guardianes del lugar sin mesa y, finalmente cuando se retiró un grupo, nos cargó una mesa y dos sillas y nos habilitó esa esquinita olvidada, mágica, perfecta. “Un vaso de agua y la cuenta por favor” y luego de dudar, tanto la chica como mi esposa me miraron y soltaron la carcajada. “Tanto jorobar para eso jajajaja” y acto seguido estábamos leyendo la carta, muy buena y apetitosa. A los pocos minutos llegó el cebiche, el chicharrón y la cervecita para esperar. Era cosa de unos minutos. Ya casi. Si, explotó el sol en Paracas. No, no hacía calor, explotó el sol con una intensidad digna de sombrero. Antes de empezar a comer, fui rápidamente a ese puestito donde vi ese sombrero y lo compré. Dice mi esposa que me queda muy bien, así que no me lo quitaré más. Si ella lo dice, yo le creo. Paracas dice, así que es buen recuerdo.
Delicioso e inspirador
Un cebiche notable, fresquísimo y un chicharrón delicioso fueron devorados en breves minutos para luego hacer la sobremesa con una cervecita helada. Como es mi costumbre, el saldo del cebiche (la leche de tigre del plato) la dejé caer generosamente en mi cerveza (con gestos y muecas de mi esposa que desaprueba ese hábito mío). Para mi es delicioso, aunque confieso que no encuentro a nadie que piense igual. Terminamos el almuerzo, paseamos un poco y fuimos a buscar a José. La imagen fue muy gráfica del vínculo entre ambos. Sentados en la orilla, mirando al mar como dos buenos amigos esperando que muera el día. Nos acercamos.
Era buen momento, menos gente y más tiempo para conocer a José El Pelicano. Todo un personaje sin duda, comió un poco, se tomó unas fotos con nosotros y alzó el ala para decir “nos vemos”. El grupo lo esperaba bajo el muelle y hacia allá se fue a retozar un rato. Nos quedamos con el gentil pescador a quien nunca preguntamos su nombre pero asumimos que sería José. Se notaba que quería conversar, “son de Lima” dijo con ojos de cuéntame que te cuento y la charla se abrió. Nuestras vidas son poco menos que mundanas en la capital así que “así es, cuéntenos maestro ¿qué tal fiestas por acá?” y su lógica fue la nuestra, “difícil después del terremoto y estamos abandonados”. Nos contó cómo la tragedia pasó ese día muy cerquita de su vida, pues llegó a su casa y la encontró destruida por completo, sin rastro de su mujer e hija. “La fuerza sale maestro, no se piensa” y movió los escombros sin siquiera recuperar el aliento hasta que vio un bracito. Luego una cabeza, y poco a poco, logró salvar con apenas vida a ambas. No entiende como hizo, de donde salió la fuerza, pero las salvó. La casa es tema material, pero las salvó. Están con él, es que, “¿qué me hago sin ellas amigo?”. Que duro escuchar una historia así y que noble ser dejamos ese día en el muelle de Paracas. “Maestro y desde acá, ¿distingue a José? ¿o ya todos son José?”. Su sonrisa fue elocuente, pícara, cómplice. “Ya todos son José patrón, ya todos son José” y echó a reir. Hermosas las islas, fantástico el almuerzo, pero ese momento con José nos tocó fibras muy sensibles, las humanas.
José y José
Lo que sigue es reunirnos con el grupazo y hacer juntos que un tubular entre en una botella de vino. Primero lo primero, vamos a La Huacachina por aventura, adrenalina, emoción. Vamos a hacer los dichosos tubulares. Llegamos al maremoto de gente a pugnar por uno de esos vehículos salidos de Mad Max, necesitamos dos para tanto loco, así que el grupo se dividió. Mi esposa y yo nos fuimos en uno de 9 pasajeros con un piloto de no más de 25 abriles que, como es lógico, es un poco más “loquito” que los mayores. La montaña rusa no paró nunca. Hueco por aquí, rampa por allá, subida, bajada, duna, abismo, salto, revuelco y uno de los mayores vacilones de mi vida. Mi esposa discrepa absolutamente, no diré que lo odió pero si me queda claro que no lo hará de nuevo jamás. Yo sí. El sandboard fue un respiro a mitad de camino. Un divertido deslizamiento en la arena que malogró cámara y teléfono por un rato pero que valió la pena, para luego retomar la montaña rusa y regresar a la laguna. Como diría mi esposa en medio viaje (más bien lo gritó) “acaso estamos locos para hacer esto” y si, estamos. De otra forma que aburrida vida sin locura, yo quiero estar loco, yo quiero hacer esas cosas y muchas más. Sé que tú también.
Ignorante a la vista - Huacachina
Cerramos el paseo con una caminata por la laguna, algunas fotos contra el sol que me gustaron mucho y era hora de volver. Hora de decir adiós al grupazo y quedarnos los dos en el abrigo de la noche chinchana. Momento, solo un cebichito para el almuerzo y tanta adrenalina da hambre, me provoca parrilla. Encontramos el lugar y fuimos para allá. “El tubular me ha dejado mareada” me dijo sonriendo mientras nos sentábamos en la mesa. El pedido fue casi automático, “dame tu parrilla para dos y una botella de vino”. Empezamos a disfrutar la cena que debo decir fue cumplida. No notable, pero sí muy agradable. Primera copa de vino, salud mi amor y gracias por tan lindo día. Un brindis, unos segundos y de pronto mi querida esposa comienza a sonreir. “Estoy un poco mareada” pero sin dejar de sonreir. No le dimos mucha importancia y seguimos comiendo. A la segunda copa ya el tema era por decir lo menos divertido. Mi amada parecía dopada, como recién anestesiada o como adolescente que toma licor por primera vez. La sinceridad a flor de boca, una sonrisa dibujada y una especia de euforia bien llevada. Es que de verdad, si cosas así pasaran al menos una vez al mes, yo no me quejo. Me divertí mucho a merced de mi señora y ella lo sabía. Era un estado de modorra consiente que lo hacía más ameno aun. Ya el broche de oro fue al terminar de comer el pollo en que dejó una mínima porción, un pedacito, una puntita. Le pregunté porque dejaba eso y me respondió sabiamente “no, la puntita no, así es como empiezan los problemas”. Nos reímos como locos y envidié mucho su estado semi consiente. Claramente no era nada serio para su salud, solo que el vaivén endiablado del tubular se vino con ella y se metió en la botella de vino, para regalarnos un memorable cierre de noche del día 3.
“no, la puntita no, así es como empiezan los problemas”
Espera un momento, entre tanta emoción se nos fue el día y no buscamos a la familia. Cerré los ojos con la preocupación de abrirlos muy temprano para cumplir mi misión. Mis abuelos andan por aquí, mis raíces andan por acá, caminando estas calles hace 70 años, en sus rincones y en sus recuerdos y yo debo encontrarlos mañana. Debo y lo haré.