jueves, 4 de agosto de 2011

Tres chinchanas en un solo día – Día 2

PRIMERA CHINCHANA Gracias a la excelencia de la noche previa en Casa Andina, amanecimos lo más temprano humanamente posible y para las 9.30am ya estábamos bañados y casi listos, cuando sonó el teléfono. Era Patty, la tía de mi esposa, que nos llamaba para saber que tal llegamos el día anterior y que hicimos todo el día, además de hacernos una pregunta que me sonó extraña. Patty dijo ¿y dónde van a desayunar, chicos? El día anterior, en el taxi de ida a Casa Andina, el taxista muy amablemente nos recomendó desayunar en LORENA, una chicharronería muy reconocida en Chincha y en plena carretera. Se lo comentamos y me sorprendió aún más que nos pregunte donde queda, para luego aclararme que estaba con la familia a punto de llegar a Chincha, pues al final se animaron a hacer el viaje también. Les dimos el encuentro en LORENA II (si pues, tienen dos locales) y realmente disfrutamos en exceso de sus chicharrones. Yo no sé si serán los mejores del país, ahora muchos dirán “no, nada como La Sarita” o “se ve que no conoces el KIO” sin dejar de pensar en “te falta ir a Lurín” entre otras reacciones. Pues les diré que a todos ellos he ido, pero como en LORENA, chicharrón NO he comido. Y se los digo en verso.

Chicharrón de LORENA

Terminado el opíparo desayuno, nos despedimos pues Patty se iba con todo el clan a Paracas directamente y nosotros seguiríamos con el itinerario. Solo saliendo de LORENA, nuestra primera chinchana del día, notamos que al frente quedaba la bodega Bailetti, hasta ese momento desconocida para nosotros. Eran poco más de las 11am por lo que degustar estaba fuera de discusión pero igual entramos a conocer. No resistí la tentación y luego de pasear y algunas fotos, me vi tentado por lo que llamaron “su mejor pisco”, según me comentaron, un mosto verde recientemente elaborado. Me tomé la licencia de probar una pequeña cantidad (considerando la hora) como para bajar el chicharrón y quedé maravillado. ¡Calidad por encima de cualquier discusión! Definitivamente volvería antes de regresar a Lima para comprar unas botellas. Además, esa pequeña cantidad me entonó muy bien y me puso las pilas, por lo que mi esposa y yo tomamos (no, no más pisco) un taxi y decidimos no parar hasta llegar a El Carmen, su música, su zapateo y toda su magia.
SEGUNDA CHINCHANA Apenas uno llega a El Carmen, se escucha en cada esquina una cadencia diferente en el caminar de la gente. Un paso “bailetón y travieso” propio de quien tiene música en la sangre y ritmo en las entrañas. Lo que se hereda no se hurta y a nadie le queda duda que El Carmen es cuna de zapateo, música negra, arte y cultura, además de notables deportistas. Da pena si, que el abandono sea latente. No sentí en ningún momento (siendo 29 de julio) que hubiera el mínimo esfuerzo por hacer de este rincón un paraje turístico atractivo. Es simplemente que la vida sigue su curso y por esos días viene más gente, así que hay que aprovechar. Hasta este punto del viaje, todas las llamadas de atención posibles a las autoridades que simplemente no estuvieron nunca para hacerme sentir que se trabaja por mejorar.
Ya en la Plaza, cada medio paso te topas con grupos de adolescentes que desarrollan elaboradas coreografías de zapateo esperando la gracia del público con alguna moneda. Es impresionante lo fácil que lo hacen ver. Consultamos por la familia de familias en El Carmen, “chicos, ¿saben dónde queda la casa de los Ballumbrosio?” y nos dieron las señas para llegar terminando con “en el poste rojo, ahí es”. Dimos con la casa-templo, todo un santuario a la tradición de la familia, y nos informaron que el show era recién a las 4pm, por lo que podíamos volver más tardecito. Aun no era ni la 1pm así que decidimos cumplir un punto básico del itinerario: MAMAINÉ.
La gente de El Guayabo es gente buena, sencilla y amable. El Guayabo es un caserío muy cercano a El Carmen donde un día una cocina se abrió al mundo y desde ese momento, no hay quien diga que pasó por ahí y no comió donde la gran (en todo sentido) MAMAINÉ. Luego de un complicado camino de trocha, llegamos a “El Refugio de Mamainé” y de solo acercarte, te llenas de hogar, de olor a la cocina de la abuela, de historia. Con mucha suerte conseguimos una mesa rápido, ya que la gente no paraba de llegar. Como es costumbre en todo restaurante típico de la región, un grupo musical animaba el almuerzo y grupitos de baile de todas las edades distraían a los comensales. El día 1 me aguanté las ganas de pedir Manchapecho porque el de MAMAINÉ es simplemente una leyenda culinaria que no me podía perder, sin embargo mi expectativa fue ampliamente superada cuando me encontré con el “Mixto Mamainé” y mi esposa con el “Tacu Tacu Mamainé”. El Tacu Tacu estaba acompañado de seco con frejoles y cau cau, pero mi mixto era una cosa de locos. En un solo plato todo lo que hace de la cocina chinchana lo que es: Manchapecho, seco con frejoles, cau cau y arroz blanco. Los que no saben, ya a estas alturas dirán que cosa es el bendito Manchapecho; pues los que saben dirán que no es otra cosa que la combinación en un plato de carapulcra con sopa seca. La experiencia gastronómica fue embriagadora, más aun acompañada de un borgoña, y la nota de cierre fue la salida al salón de la propia MAMAINÉ que bailó, encantó y se tomó fotos con todos. Una mujer hecha a punta de olla y cucharón para quitarse el sombrero y hacer sonar los tenedores al aire. ¡¡¡GRANDE!!!

Mixto MAMAINÉ

Ya de vuelta en El Carmen, es de destacar el impecable show de la casa de los Ballumbrosio que se paga con la voluntad en la cajita y que se lleva para siempre en el corazón. Mi esposa tuvo una genial idea y antes del show se jaló a uno de los zapateadores para que le dé una clase relámpago con coreografía incluida. Quedó grabado en un video que guardo para mí pero es una experiencia que compartiremos como la nota diferente, lo que ese día nadie hizo, lo que siempre nos acompañará. De mencionar también al pequeño AMADU, el bebé de la casa de no más de 2 o 3 años que ya baila, toca cajón y encanta a todos. IMPERDIBLE.
TERCERA CHINCHANA Como para cerrar el día, ya de regreso a Chincha con la caída del sol y la llegada del primer grupo a quedarse con nosotros en el hotel, desde que nos vimos nos dijeron “tenemos hambre, ¿dónde comemos?”. Nosotros aun satisfechos del almuerzo, les pedimos al menos una horita para recuperarnos, luego de la cual les sugerí una pollería que yo conocía en la Plaza de Sunampe. “No tiene nombre pero es demasiado buena, pollo broaster con camote cortado y frito como si fueran papas” les dije. En realidad no tiene nombre afuera, pero todos lo conocen como LA PRISCILLA que es el nombre de la señora que se esconde en la cocina para sacar maravillas únicas. Vamos donde LA PRISCILLA entonces. El único plato que sirven es el pollo broaster y ni te atrevas a pedirlo con papas, porque la Sra. Linda, que es quien atiende, te come con zapatos y todo y te dice “nada de papas, acá solo se sirve camote”. Estuvimos muy cerca de esa experiencia, así que doy fe que la Sra. es de cuidado, “lo que Ud. diga, lo que Ud. diga. Camote será” fue el consenso. Luego de esperar cosa de 45 minutos, porque se hace todo al momento y lo vale, llegaron a nuestras mesas unas canastitas conteniendo crujientes piezas de pollo (que KFC ni que nada, con todo respeto, pero no hay nada que comparar) y delgados cortes de camote frito. Sin cubiertos (y repito, ¡ni los pidan!) así que a engrasar dedos y bocas. Éxtasis total, PRISCILLA nos dio un cierre más que redondo, de un día más que delicioso. No dudo que heredaré un par de kilos difíciles de bajar de este día, pero los recuerdos, los sabores y las experiencias pesan más y valen todo.
Pollo de LA PRISCILLA (antes)

Pollo de LA PRISCILLA (después)
Es así que el día dos cerraba la cortina con tres chinchanas haciéndolo inolvidable para nosotros y con una sonrisa en la cara que no tiene ni Garfield después de la lasagna. El segundo día no dejó mucho espacio para la búsqueda familiar, pero si nos permitió ubicar las calles y la zona donde mis abuelos iniciaron la historia de mi familia, a la pasada nomás, porque ya mañana nos escapamos a preguntar, a ver qué pasa. Sigo sintiendo que me esperan. Mañana seguimos, hay tiempo…

miércoles, 3 de agosto de 2011

Chincha, cuna de campeones – Día 1

Recuerdo el especial momento en que con más entusiasmo que oportunidades le dije a mi esposa “reina, que tal Chincha para 28” y ella logró maravillarme una vez más con su “ya, mostro”. Luego como es lógico, me pregunto que había para hacer por allá y yo le conté de los increíbles potajes, la gente, la jarana y todas las bondades de la región. Ella añadió su cuota de ilusión porque yo conozca al fin Paracas y el trato se selló. ¡Iríamos a Chincha! La nota emotiva la puso el hecho que mi amada abuela, dueña de muchas líneas de esta cruzada, fuera Iqueña y mi recordado abuelo chinchano. Es así que cuando la visité y le comenté del viaje le pregunté por su vida en Chincha pues sería muy interesante y emotivo tratar de caminar sobre sus pasos 70 años después. Mis abuelos se casaron y se fueron a vivir a Chincha Alta en 1938 así que sería una tarea dura, pero sentí desde un inicio que me estaban esperando.
Poco a poco fuimos hurgando en su memoria y encontrando referencias, direcciones, algunos nombres y claro, la que fuera la bebida gaseosa que mi abuelo produjo en los 40’s y 50’s en su natal tierra, la no poco popular CITRON COLA. Con todas esas referencias, llegó la fecha indicada y fue momento de partir. Salimos el 28 de julio muy temprano en la mañana a buscar desconexión, relax, comida y bebida abundante, naturaleza, aventura pero sobre todo, mi titánica búsqueda de la reconexión a mis raíces después de tantas décadas y dos generaciones después.
Aun no habíamos terminado de pasar Cañete cuando una llamada nos reveló que tendríamos grata compañía. Familia y amigos se intersectarían con nosotros en más de un punto, empezando con el almuerzo de 28. Estaban en camino en una pequeña caravana multifamiliar con grandes y chicos. Llegamos a Chincha casi al mismo tiempo y nos encontramos en la Plaza. Una bonita y sencilla Plaza, primer punto fotográfico y referente geográfico de cualquier viajero. Luego, ya muy tarde, notaríamos que nunca nos tomamos una foto ahí.
Éramos un nutrido grupo de 18 limeños entre los 3 y los casi 40 años y estábamos hambrientos. Nos acercábamos peligrosamente al mediodía y había que hacer algo al respecto, así que Wilinchi nos sugirió ir a visitar a la Melchorita en el distrito de Grocio Prado y luego aprovechar para comer cerca, según él sabía, en uno de los buenos sitios alrededor. Eso hicimos, nada que reprochar. Llegando, en la Plaza nos recibió la más variada feria de comidas organizada por el colegio del distrito. Más de uno se animó por la causa y algún picarón pero nosotros preferimos esperar al almuerzo para dar rienda suelta al apetito creciente que traíamos desde Lima. Paseamos por un santuario de la Melchorita que la verdad está terriblemente cuidado, con mal gusto decorado y tristemente presentado. Punto no destacable. Sin embargo justo al frente nos enamoró una tienda hecha de mimbre y detalles, de arte y trabajo, de manos y creatividad. Los más variados adornos, carteras, sombreros, sillas, forros y un interminable etcétera de artículos de mimbre delicadísimamente bordados a mano. Mi esposa se enamoró de un sombrero y yo me enamoré de ella usándolo. En ese momento se convirtió en compañero de viaje.
Finalmente, ¡hora de comer! Y el dato era un restaurante a la vuelta, así que bordeamos la manzana y en la esquina lo vimos, un restaurante sin letrero ni mucha convicción aparente por recibir a tan numeroso grupo, sin embargo nos arriesgamos a darle una oportunidad. Cada quien pidió lo suyo, entre arroces con pato, manchapechos (¿saben que es? Luego les cuento…), milanesas y por ahí un seco con frejoles. A mí me tocó compartir un arroz con pato con mi esposa, ¡es que era enorme! Yo soy de buen comer, como dice mi abuela “a ti que te mantenga el gobierno” pero ese plato era para mandarme a dormir si me lo comía solo, así que mita mita mi amor. Aunque mi querido Víctor Hugo tuvo que terminarse algo de 4 platos por convicción más que por hambre, así que algo más comí en aras de ayudarlo. Como dije antes, nada que reprochar. Delicioso inicio de viaje, un arroz con pato NOTABLE.
Terminada la comilona, el grupo se dividió. De los 18, 16 siguieron camino a Ica y 2 nos quedamos en Chincha. Ellos harían Paracas el 29 pero en nuestra agenda eso era tema del 30, así que nos quedamos en nuestro hotel. Buen hotel, recomendable. Acogedor al máximo, excelente trato y buenos precios. No en la mejor ubicación, pero la verdad que no es algo que afecte, lo compensan sobradamente. Si van a Chincha, busquen el Hotel Súmar y verán lo que les digo.
De pronto nos encontramos solos en Chincha, la tarde caía y pensamos en buscar las huellas de mis abuelos pero ya era tarde, no será hoy. Complicado entrar en callecitas de noche. Mejor esperamos un poco y salimos a reconocer la noche chinchana mi amor. A ver que nos trae.
La verdad no trajo mucho, eran las 8pm y las bodegas ya estaban cerradas. La vida nocturna era casi nula para ser 28 y la idea a la que nos resistíamos terminó primando. Vamos a conocer el Casa Andina. La mejor decisión posible. Fuimos al bar del hotel y nos encontramos con un lugar muy bello, con gente muy cálida y con tragos muy ricos. Pasaron los minutos y pasamos nosotros al ambiente de karaoke a divertirnos un rato. Pero espera un momento, es 28 de julio y estamos en Chincha así que esto no está bien. Afuera en el bar empezaba a armarse la peñita y eso nos devolvió al cauce. Salimos. Tremenda jarana con guitarra, cajón y cantante de lujo. Voz privilegiada, actitud de grande y todo el repertorio que hace de nuestra música lo que es, todo ello con un desfile de sours de diferentes sabores y cervecitas heladas. Terminamos cerrando la jarana cantando a coro un desgarrado “Cuando llora mi guitarra”.
Ya como epílogo, nos regresamos un rato a la sala de karaoke pero ya las criollas empezaron a desfilar en pantalla y un nutrido grupo que incluyó un reencontrado amigo y su familia, cantábamos a coro.
El día uno terminaba y era hora de volver al hotel, mañana nos espera más que ver, comer y conocer y quizás, con suerte, me cruce con mi abuela de joven y con mi herencia de historia. A descansar, mañana continuamos…

domingo, 24 de julio de 2011

Reconexión (27/05/2007)

Hace un par de días revisé mi abandonado y ya fosilizado hi5 y, para mi grata sorpresa y recuerdo, encontré ahí antiguos escritos, poemas y reflexiones de años atrás. Empezaré a compartirlos con la intención de contarles un poco más sobre este ignorante, alternando con las publicaciones actuales.

Empiezo con el texto "Reconexión" que escribí el 27 de mayo de 2007 y que trata de romper la sequía tan dura de inspiración que sufrí durante unos años en esa época. Era tal mi desesperación que recuerdo haber escrito sobre no poder escribir, con tal de poder escribir. Cosas de ignorantes, aquí lo tienen sin ninguna edición, el ignorante 2007:

“El pobre infeliz no entendía lo que pasaba, simplemente no tenía permitido decidir. Con esa edad y con tantos tumbos a cuestas, cada ocasión de tomar la decisión correcta se convertía en un tumbo más, la verdad aparente mostraba su verdadero rostro demasiado tarde y lo que debía ser un nuevo comienzo, el inicio de un “ahora sí” se tornaba en otro final abrupto y repentino que se llevaba más de él; simplemente ya no aguantaba más”. Antes escribía mejor.
Intentar escribir para mí es más que un sueño, una difícil tarea; cuando era niño todo era más sencillo, las palabras venían solas al papel e incluso los profesores sentían curiosidad por saber lo último que escribí. Es curioso como poemas dedicados a nadie a los 15 o 16 años hoy cobran tanta vigencia y adquieren propiedad, nombre, rostro, se me hacen casi ausentes, casi no míos para ser de alguien más, es como si estos momentos de hoy los hubiera sentido por adelantado hace casi 20 años. ¿Qué hace que eso suceda? ¿Qué hace que la conexión entre la mano y la mente se anticipe tanto y luego se pierda? En mi lógica siempre he responsabilizado a las experiencias de eso, y es que cuando tienes 15 años la vida es solo soñar con el amor y con el futuro, mientras que según pasa el tiempo, esos sueños se estrellan con el mundo real y te pasa una de dos cosas, o se convierten efectivamente en realidad, en cuyo caso vives tus sueños y escribir pierde sentido, o te das cuenta que el mundo real no es como el que soñaste, recibes un baño de sensatez y empiezas a perder el interés por ese mundo alterno en el que solías vivir. Te vuelves duro. Eso fue lo que me pasó a mí y no me siento orgulloso.
Sin embargo es aun gratificante sentarme frente a la máquina con ganas de sacar algo de adentro y, aunque las palabras no ayuden, aunque la conexión no se restablezca, aunque el universo de Coelho no esté conspirando para mi hoy, me encanta poder aun intentarlo, poder aun sentirme bien a solas con mis pensamientos hasta que llegue ese día en que se ordenen en palabras entendibles y pueda empezar a compartir otra vez.

viernes, 22 de julio de 2011

De blogs y votos

Inicié esta humilde cruzada el 03 de enero de 2011, en un intento de cumplir un voto que hice en mi Manifiesto 2010-2011 y así obligarme a hacer una de las cosas que más me gusta: escribir. Niveles máximos de dejadez y pereza tener que obligarme a lo que más me gusta, pero valgan verdades que bueno que lo hice.
La Cruzada del Ignorante no solo es un Blog en el que descargo mis vivencias ni una herramienta para cumplir un voto. Es una catarsis personal y una forma de transmitir muchas de las cosas que siento y vivo, haciéndolas tangibles en breves líneas llenas de amor por la vida y opiniones personales, entre otras excusas para existir.
La Cruzada del Ignorante me ha traído además, las opiniones de personas que conozco y no conozco pero que se tomaron el tiempo de leerme, que hasta decidieron seguirme y que sin los cuales hoy ya estas páginas pierden mucho de su motivación. Muchas gracias por esas cerca de 15,000 lecturas a la fecha y por compartir tanto conmigo.
La Cruzada del Ignorante además es hoy un candidato. No sé si de fuste o pagando derecho de piso, pero lo cierto es que este humilde ignorante está participando en el Concurso Anual “20 Blogs Peruanos” en la categoría BLOG PERSONAL, así que estas líneas pierden un poco de su romanticismo y sueño habituales para convertirse en parte comunicado, parte solicitud.
Si has compartido mis ignorancias con agrado y quieres expresarlo, puedes ingresar aquí:
Luego de emitir tu voto, debes ir a tu correo, pues recibirás una notificación pidiéndote que confirmes tu apoyo a nuestra Cruzada. Si no lo haces, el voto no tendrá valor. La tarea está muy difícil así que si además puedes pasar la voz, doblemente agradecido.
No sueño con ganar como no sueño con perder. Solo sueño. Si decides apoyarme, seguiré escribiendo, y si decides no hacerlo también. Solo escribo. Amo escribir.
Muchas gracias a todos por leer, le dan sentido a las cosas que hacen de mi vida un sinfín feliz.
Si quieren leer algunos de mis posts más queridos, aquí se los dejo:

De cómo conocí a GIANMARCO

Manifiesto de Vida

Desconectar para conectar

Tocar el cielo – Primera parte

Tocar el cielo – Segunda parte

Tocar el cielo – Tercera y última parte (por ahora)


¡Gracias por estar ahí!

miércoles, 20 de julio de 2011

Tocar el cielo – Tercera y última parte (por ahora)

Cuando pasas de los treinta, cuando te vas acercando a los cuarenta, ya eres un poco más cuidadoso para afirmar “encontré el amor de mi vida”. No como cuando muchachos, ahí cada relación era “para siempre” y todos los grandes estaban equivocados al decirme que pasará, que vendrán más, que no estoy enamorado de ella sino del amor, que todavía no sé lo que es estar enamorado, todos estaban mal, porque ella era el amor de mi vida… y meses después sería ahora ella… para un par de años luego ser ella… hasta que finalmente, un día sucede algo y descubres que la magia existe. Sucede algo que te toca y te cambia para siempre. Hay para quienes por apurados o distraídos no les pasa nunca o les pasa tarde, pero hay quienes, como a mí, les pasa en el momento preciso y de la forma correcta.

Supongo que a todos nos pasa que tenemos ese momento en la vida que todo se oscurece, que nos envuelve un manto de nocturnidad constante y, a pesar que el sol pueda brillar a todo lo que da, nosotros solo vemos noche. A mí me pasó, viví esa época en que confundes conceptos y te dices “voy a vivir” cuando en realidad lo que vas a hacer es degradar lo que hasta ese día era tu vida. Busqué a los amigos solitarios que siempre buscan compañía, a los que conocen a todos y donde van son “alguien”, a los que saben cómo, dónde y a qué hora la noche decide divertirse y el día decide acompañarla. Supe de discotecas, tragos, amigos y mucha pero mucha nocturnidad. Supe ser irresponsable, bohemio, gastador pero debo confesar que no anduve buscando faldas aunque siempre andaban cerca. Para mí era una época de patas y de estar solo, una época para olvidar malos ratos, malas personas y malas ideas. Toda esta nocturnidad duró un par de larguísimas y agotadoras semanas (tampoco hubiera aguantado más) que tendría su corolario una noche de copas con mi buen amigo Miguel.

Recuerdo poco que contar de esa noche, fuimos a una discoteca en Miraflores donde los dueños nos trataban muy bien y luego tomamos mi carro para ver a donde “la seguimos” pese a los ruegos de Miguel de “cortarla ahí nomás” ante los cuales más pudo mi terquedad de “un trago más”. De más está decir que no debí tomar y tomar el volante, demás está decir que no debí sacar el carro, de más está decir que me llené de malas decisiones. Llegamos a un conocido bar miraflorino y le dije a Miguel “si atienden, nos tomamos una chela, sino ya nos vamos”… y si atendían.

La única mesa vacía estaba al fondo al lado de una mesa con dos chicas. Ni nos fijamos, solo nos sentamos y SALUD!!! Yo no fumo pero Miguel sí y se le acabaron los cigarros, por lo que intentó comprar. “No vendemos cigarros” y la flojera pudo más, así que se volteó y le tocó el hombro a la chica de la mesa del costado. Yo andaba en las nubes pensando en la chela que tenía delante y en no más futuro que el siguiente vaso cuando la chica volteó. Miguel le dijo “hola, ¿me vendes un cigarro?” y ella sonrió y se lo regaló. Fue fulminante. Fue ese momento en que la sangre se congela y te sientes extrañamente atento y enfocado. Todos mis sentidos se concentraron en una sola frase: “YO TENGO QUE CONOCER ESA SONRISA”.

Guardé silencio, estaba alerta y pendiente de cada movimiento, Miguel se terminó su cigarro y yo mi cerveza. Me serví más. Miguel se veía con ganas de irse y yo le dije “¿no te provoca otro cigarro?”. Primero me miró y me dijo que no, pero antes siquiera de terminar se dio cuenta de la intención de mi pregunta y se empezó a reir. “Si quieres le hablo” y yo disimulé. “Si quieres un cigarro, sino no”. Lo vi tomar aire y girar, le tocó el hombro y nuevamente repitió el libreto, solo que al recibir el cigarro no se despidió sino le preguntó “¿cómo te llamas?”. La chica de la sonrisa le respondió “Pancracia” con tono ligeramente burlón y Miguel le preguntó por su amiga. “Yo soy Pancracia Uno y ella es Pancracia Dos” y se dispuso a cerrar la conversación y volver a su mesa con Pancracia Dos. No lo podía permitir, tomé impulso, valor, determinación y mi banquito y me senté directamente en su mesa, entre las dos Pancracias, diciéndole al oído “está un poco loco, si no le haces mucho caso no te va a molestar más”. Ella me miró como diciendo “¿y tú?” pero supongo que el atrevimiento fue divertido y luego de un salpicón de malas bromas, nos permitieron sentarnos y compartir una cerveza.

De ahí en más la noche fue muy extraña. La chica de la sonrisa solo sabía decir cosas que debería decir yo. “¿Puedes dejar de hacer eso?” le increpé sonriendo, pues no puedo hablarte de mí si todo lo que me gusta es lo mismo que te gusta a ti. Libros, música, ideas, todo lo que puede definirme lo decía ella primero. “¿Puedes dejar de hacer eso?”. Ya sonaba a nuevo libreto de conquista. Mientras tanto, Pancracia Dos nos juraba haber soñado este momento y le repetía a su amiga que debía darme su teléfono pues ella sabía que conmigo podía encontrar mucho de lo que buscaba y quien sabe… “¿Puedes dejar de hacer eso?”. Debo reconocer que costó mucho pero finalmente me dio su número y desde ahí el alud empezó a caer, la avalancha de locura, amor y lucha se desató con toda su furia. En mi corazón, nunca más nos separamos. Me tomó un tiempo que eso se haga realidad y sea permanente, me costó mucho contra que luchar, mucho por que luchar y mucho en cómo luchar pero lo logré. No, sigo luchando y ella lo sabe. “¿Puedes dejar de hacer eso?” JAMÁS!

Momentos diferentes en la vida de cada uno que marcaron mucho de ese 29 de abril en que te conocí. Supimos de inmediato que eso estaba pasando por algo. Tú tenías una vida difícil producto de un amor/desamor complicado y yo solo quería ser tu príncipe sin reino para hacerte reina de nada y construir juntos el palacio. La verdad es que ya vivías en uno enorme y lujoso pero no te dejaban tener la llave y eso no podía permitirte ser feliz. Trepé las peligrosas paredes, me arriesgué ante más de una fiera, pero finalmente, con aciertos y errores, preferiste a tu príncipe de nada y te fuiste conmigo.

Un día, cuando ya eras mía y aun con dificultades íbamos cimentando algo, fui nuevamente fulminado pero esta vez por una idea: “YO TENGO QUE CASARME CON ESA SONRISA”. Los detalles de cómo pasó todo merecen un capítulo aparte, pero dijiste que sí. Hoy eres mi esposa.

Esa noche que jamás olvidaré puedo afirmar que “encontré el amor de mi vida” y lo supe de inmediato, porque solo el amor de mi vida es capaz de aparecer, sonreir y al instante hacerme tocar el cielo.

En la vida hay muchas formas de tocar el cielo, recientemente recopilé tres de ellas que me vinieron a la mente y sentí vitales para mí. Estoy seguro que tengo más y que vendrán muchas más así que las esperaré y retomaremos el tema seguramente pronto, por ahora lo cerramos. Cuando venga mi primer hijo por ejemplo, conversamos.

jueves, 30 de junio de 2011

Tocar el cielo – Segunda parte

Cuando pasas de los treinta, cuando te vas acercando a los cuarenta, ya eres un poco más cuidadoso para afirmar “la música es mi vida”. No como cuando muchachos, ahí nos sabíamos dueños de la verdad y dueños de la música. Lo que escucha mi papá es música de tíos, se malea para poner esa canción, ¿cómo escucha algo tan bajo?¿muy fuerte? si está bajísimo, si no voy a ese concierto me muero, para mí el guitarrista es Dios, es un maestro de maestros.
Yo recuerdo que cuando ya era capaz de definir mis gustos personales como la comida, los amigos, mi equipo de fútbol, los estudios o la música, en este último rubro me costaba mucho poder establecer favoritos. Tenía las más variadas influencias provenientes de diversas fuentes. Por un lado, mi madre que religiosamente veía Enhorabuena con el recordado Jorge Henderson y que me mexicanizó en los gustos musicales. Puedo decir con total franqueza que semana a semana escuchaba sin falta los últimos éxitos de Luis Miguel, Emmanuel, Pandora, Daniela Romo, Julio Iglesias y demás hispanos destacados que Henderson entrevistaba y que el Perú entero seguía. Por otro lado, no hay recuerdo más valioso para mí que el de mi Mamama quien a diario y sin fallar recorría la casa escoba en mano cantando “Garufa” y volviéndome de a pocos tanguero a muerte. Teníamos una radiola en la sala, de esas enormes que era un mueble en sí misma, donde giraban los tangos y girábamos nosotros en la alfombra al compás de Gardel. Así además, aprendí a bailar tango. Es muy difícil que algo así no se te tatúe en el alma. Como para no dejar de aportar, y como buscando elementos de conexión ante una frágil relación presencial, mi padre y su fanatismo por las rancheras y Los Panchos me trazaron una línea muy fuerte por el bolero y los clásicos, incluyendo las películas.
Además de las influencias en las ramas superiores de mi árbol genealógico, con los años mis primos fueron influenciando en mí también, desde el mejor rock clásico hasta las pinceladas de Grease, John Cougar, Bon Jovi, Chicago y Air Supply que me trasladaba Uschi, hasta la guerra de volúmenes que sus dos hermanos protagonizaban en casa. En una esquina, Gonzalo dándole de alma al criollismo con Eva Ayllón, el Zambo Cavero o Manuel Donayre, y en la otra Eduardo que se sumergía en Depeche Mode, New Order, Kon Kan y todo el wave posible. Yo siempre escuché todo, siempre sentí que podía identificar lo mejor de cada uno y saber que al margen de los géneros, me gustaban los talentos.
Es así que en medio de esta mezcla de estilos, poco a poco me fui perfilando como un convicto y confeso Beatlemaniaco. Empecé con los yeah yeah tradicionales y luego fui reconstruyendo cassette a cassette toda la discografía, acompañando cada canción con su respectivo Funky Hits para cantarlas y alucinándome un poco con la guitarra. Mi cuarto fue poco a poco pasando de habitación a santuario, con posters, recortes, dibujos y demás formas de homenajear a tremendos monstruos de la música en todos sus géneros. Y realmente en todos sus géneros, pues yo juraría reconocer en su música además de baladas o rock, new wave, acercamientos al metal, punk, boleros cantineros, una suerte de rancheras y demás estilos musicales en varios temas. Sería mezquino nombrar canciones específicas, simplemente The Beatles marcó mi vida y la sigue marcando. Tengo curiosidad de saber si a mi buen amigo Giancarlo ya le gustan, en la época universitaria me decía que le parecían “muy felices” y que se quedaba con Metallica.
Los años han pasado y los gustos se han ido definiendo, o en todo caso lo que prefiero escuchar. Nunca fui de géneros específicos, más me gustaban artistas concretos, pero ya ahora me he vuelto un tipo que disfruta canciones puntuales. Con gran facilidad para generar compilados y con marcada tendencia a clásicos reactualizados e inmortales. Una canción, la única que nombraré hoy, que me gusta demasiado últimamente y que escucho mucho, sobre todo cuando necesito recargar las pilas se llama “Keep On Trying” de la banda Poco. Altamente recomendable.
En los años más recientes, los grandes se acordaron que Perú podía ser destino y empezaron a venir para la sorpresa (al ver que no se cancelaban los conciertos) y la euforia de todos (al ver que de verdad, de verdacito, por Dios, lo tenías al frente) pues pensábamos que no sería en esta vida. Es así que al menos yo, con un gran esfuerzo y mucha irresponsabilidad, he podido asistir a algunos de los grandes y volar a épocas de mi vida en que una canción era un suceso mayor que la caída de la Bolsa o el nacimiento de un sobrino. Pude estar ahí cuando KISS explotó en Lima, cuando Depeche Mode nos hizo disfrutar del silencio, cuando Pet Shop Boys armó un espectáculo tipo Broadway sensacional, en la noche agotadora de derroche de Metallica que nos dejó agotados a todos y, entre otros finalmente, pude vivir un momento que jamás pensé que se haría realidad. Pude ver a un Beatle en concierto. Me perdí de ver a muchos y me los seguiré perdiendo, pero ese día, esa noche, me di cuenta que efectivamente The Beatles siguen marcando mi vida y gracias a Dios que es así. El hecho que una banda de locos “demasiado felices” sigan siendo mis referentes, a mí me gusta. A mí me alegra. Yeah yeah!
Esa noche que jamás olvidaré cumplí un sueño más grande que ver a Paul McCartney en vivo, cumplí el sueño de compartir ese momento con mi esposa y que ella pueda sentir en su piel el PORQUE, que entienda mis razones para amar a la música y lo que me lleva a llorar ante momentos como ese. Abrazarla, besarla y cantar juntos hasta quedar afónicos a coro con Paul, entre muchos temas el NAAAA NA NA NANANANAAAAA HEY JUDE durante 10 minutos nos hizo juntos tocar el cielo.

viernes, 10 de junio de 2011

Tocar el cielo – Primera parte

Cuando pasas de los treinta, cuando te vas acercando a los cuarenta, ya eres un poco más cuidadoso para afirmar “esto es lo mejor que me pasó en la vida”. No como cuando muchachos, ahí lo mejor que nos pasó en la vida nos pasaba todos los días. Una ida a la playa, ser titular en el partido, el Nintendo nuevo, ese jean de moda o el primer quinceañero donde te pasaron una cerveza y jugaste a ser adulto.
Cuando pasas de los treinta, hay cosas un poco más difíciles de decir, como “eres mi mejor amigo” o “voy a empezar de nuevo”. Somos capaces de decir muchas cosas, aunque cada día nos resulte un poco más difícil, pero lo realmente complicado no es lo que decimos sino al final de todo, lo que hacemos.
Yo vivo un matriarcado que me hace infinitamente feliz. La verdad es que el destino quiso que sea así de fuerte el tema, porque realmente me rodean muchas mujeres maravillosas. Sin ir muy lejos, me casé con la mejor mujer del mundo, bella, inteligente, con un carácter que puede hacer temblar al más grande (puede, la he visto), con una sonrisa que es capaz de iluminar mis noches más que la más llena de las lunas o la más incandescente estrella. Y yo me casé con ella, y ella es mía para siempre. Pero si sigo mi recorrido matriarcal, existen mujeres increíbles que valen la pena mencionar, como mi Tata, esa hermana de mi madre, esa madrina inigualable, esa madre por decisión que me adoptó desde siempre como hijo y que me enseñó que la familia siempre es primero, que siempre seremos familia y que jamás debemos olvidarlo. Esa mujer asombrosa que me regaló tres hermanos y me permitió el privilegio de crecer con ellos. Esa es mi Tata, la que me sabe querer y me sabe cuidar, la que me aguanta siempre que necesito que me aguanten y la que todo lo soluciona no sin antes decir “cálmate Olga”. Y esta increíble mujer tiene una no menos increíble hija, con la que desde siempre tengo una conexión que trasciende las palabras, una capacidad de sabernos hermanos, de querernos y de estar ahí siempre. Hoy, esta increíble mujer ya es madre y estoy seguro que será tal como las mujeres que nos rodean, una madre de lujo.
Curiosidades de la vida, mi esposa y yo tenemos dos mascotas, ambas… si… hembras (mas féminas en mi vida) y absolutamente opuestas. Una alucinante Nera, nuestra labrador de 5 años, negra, hermosa, imponente y la engreída Gringa, nuestra gatita que se va para los 2 añitos y que es la ama y señora de la casa. Gringuísima de ojos verdes y mirada del gato de Shrek. Con ellas el matriarcado es absoluto y absolutamente maravilloso dentro de mis cuatro paredes.
Pero esto no es nuevo en mi vida, pues siempre fue regulada, medida, seguida al detalle por una mujer fuera de serie. Una mujer que sabe volverme loco con su preocupación por mí, tan igual a la que tenía cuando era niño pero sin la cual mis días se harían incompletos. Sin esa llamada diaria para saberme bien, mi día terminaría mal. Sin esa palabra para después oírme renegar y decirme “bueno, yo solo te estoy aconsejando” mis decisiones serían menos seguras. Sin ella, mi vida no sería lo que es y sólo sé que tengo la mejor madre del mundo. Ahora, siempre me quejaré de que cuando se reúne con mi esposa, el yerno parezca yo, pero en fin, son mis mujeres y me aman, honestamente, ¿Qué más se puede pedir?
Se puede pedir, como no, la fortuna de la Matriarca. Y yo la tengo. Por encima de todos y coronando nuestros días está ella. La Matriarca, la abuela de todos, mi Mamama. O como diría mi ahijado en la sabiduría de un niño “la Mamama viejecita”. Y es que no todos podemos decir mi abuela vive, tiene 97 años y juega la Tinka siempre. Mi abuela vive, tiene 97 años y más vitalidad que yo, más energía que yo, más sueños, más amor y más ganas de vivir que yo. Mi abuela vive, tiene 97 años y sabe que le faltan muchos planes por cumplir, es más, los sigue haciendo porque ella desde ya, es eterna. Mi abuela vive, tiene 97 años, es mi referente, mi motor más fuerte y sobre todo es mi gran amiga.
A todas ellas me debo, por todas ellas trabajo y soy mejor cada día. Son ellas las que hacen que mis pasados treinta y más cercanos cuarenta se sientan con responsabilidad pero con mucha ilusión. Son ellas las que me hacen sentir que cuando las veo, cuando las beso, cuando las abrazo, soy capaz de tocar el cielo.